Los enterramientos en Mesopotamia

Mientras los egipcios crearon grandiosos monumentos funerarios y hacían del viaje al más allá una de las piezas claves de sus cultos religiosos, los enterramientos mesopotámicos eran muy simples. Ahí, en Babilonia, los monumentos funerarios dignos de mención (reyes y nobles) aparecían como excepciones y rarezas (en Ur, por ejemplo, sí se encuentran tumbas poderosas llenas de objetos tallados en oro y piedras preciosas). La civilización de los pueblos mesopotámicos se desarrolló en Oriente Próximo, entre los ríos Tigris y Éufrates, con el 2.000/3.000 a.d.C. como periodo de máximo desarrollo.

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El más allá era, para los babilónicos, un reino de sombras lleno de barro y polvo. Los muertos sufrían mucha sed, razón por la que en las ofrendas funerarias o de honor a los fallecidos el agua tenía suma importancia (en las tumbas más elaboradas han podido encontrarse jarras y vasijas que acompañaban a los fallecidos en su viaje hacia el otro lado).

En Simboliza (www.simboliza.org) la ceremonia ‘Despedida del Cuerpo (funeral)’ hace uso del  elemento agua como una parte importante de este ritual del adiós en paz y el deseo de un feliz tránsito del alma en la persona fallecida. El agua junto al fuego, la tierra, el aire y el éter completando la simbología ceremonial.

En Mesopotamia, el culto a los antepasados fallecidos recaía en el hijo heredero, que recordaba a aquellos de su clan que se habían ido. Los babilonios miraban a la muerte como a la sombra, al “país sin retorno”. Como curiosidad, sólo al héroe de la leyenda del diluvio, Utanapishtim, le fue permitido disfrutar de la vida eterna junto a los dioses… pero, eso sí, en el ‘más acá’: en la Tierra. Es llamativo que también aparece el agua como pieza básica en esta leyenda mesopotámica de heroicidad humana.

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