Funerales nómadas: el camino continúa

Las tribus nómadas del mundo hacen del rito funerario un rito de paso, de tránsito, una parte del camino natural. Su ir y venir de un lado al otro en busca de condiciones favorables de vida convierte el culto al ser fallecido en un momento y ceremonia de peregrinaje.

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La muerte sólo forma parte del ciclo de la vida. Y en la ceremonia ‘Despedida del Cuerpo (funeral)’ de Simboliza (www.simboliza.org), esa muerte es una celebración amorosa y entrañable donde familiares, allegados, amigos reconocen al ser que ha partido y honran su recuerdo, compañía y aportación desde un sereno compartir.

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Los mongoles envolvían los cuerpos en sacos de cuero y los dejaban a orillas del camino por el que viajaban; no lo hacían porque sí: su cultura y credo aseguraban que ese ser que había fallecido (especialmente si era un niño) volvería a reencarnarse en otra mujer mongola que transitase por la misma ruta más adelante.

Los ‘parshis’ de la India, al igual que hacían los asirios en la Antigüedad, dejaban los cadáveres en las denominadas ‘Torres del Silencio’: construcciones cilíndricas llenas de cavidades donde iban ubicados los últimos restos de las personas fallecidas. Pasado un tiempo, la familia recogía los huesos, que honraba.

Los esquimales, cuando llegaba el momento de la muerte, se instalaban solos, entre hielos, con algún alimento y a la espera de que el oso polar acudiera y les devorara. Esta costumbre aparentemente primitiva y sanguinaria tiene un punto de mira absolutamente natural: la materia se transforma. La tribu cazaba después a ese oso y, al alimentarse con él y cubrirse con su piel en ropas y viviendas, conseguía que el espíritu del fallecido regresase rápido al hogar del que partió.

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