Adaptarse al cambio

Perder a un ser querido (en Simboliza, la ceremonia funeral lleva el significativo título de ‘Despedida del Cuerpo’), enfrentar un adiós, otro trabajo, otra vida, otra ciudad, otro país… todo supone una adaptación al cambio. Paradojicamente, lo único cierto de la vida es el cambio y (paradojas de la vida), la sociedad insiste en ‘educar’ a sus miembros en la búsqueda de la estabilidad y no en el fluir con lo que se presenta. Muchas de las incoherencias personales, dolores, trastornos y enfermedades tienen su origen aquí, según los especialistas en relaciones y comportamiento humano.

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¿Cómo vivir con el cambio? ¿Cómo ser feliz en la incertidumbre si parecen pregonarnos que la felicidad está en lo seguro, en el otro lado? Aquí llegan frases como esta, que ponen algo de luz en la deriva: “Pretendemos dirigir cada uno de nuestros movimientos y protegernos de desagradables ‘imprevistos’ . No nos damos cuenta que el cambio es inevitable. Derrochamos parte de nuestra energía empeñados en controlar lo incontrolable, nadando contra corriente (estos es, empeñados en ir contra la Vida).

Los cambios se asocian a algo negativo y, por ende, muchas veces destructivo. Es fundamental pararse y reflexionar sobre este punto y, desde luego, sobre el hecho de que las pérdidas son algo inevitable. Procesar el dolor y el sufrimiento es algo que parte de una premisa inicial: el dolor se produce, sí; es necesario sentirlo, vivirlo y acompañarlo sin resistencia. Pero el error (subrayan los expertos) llega cuando aparece el empeño de quedarnos a vivir para tiempo inmemorial en él. Fundamental siempre, siempre, siempre esto: PERDONAR sea lo que sea.

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